Hasta hace unas
décadas la drogadicción se consideraba un problema moral y de falta de
voluntad. Hoy se reconoce como una enfermedad y se sabe cómo tratarla. Se
observó en imágenes cerebrales la influencia de las drogas sobre diversas zonas
del cerebro y encontrando la causa física de la dependencia de sustancias como
la cocaína y los opioides. La adicción se considera hoy una enfermedad del
cerebro porque las drogas modifican la química, la estructura y el
funcionamiento de ese órgano. El objeto de la adicción puede variar, pero la
respuesta conductual es similar, ya que todas estas adicciones provocan la
misma reacción en la química del cerebro. Este descubrimiento ha alterado la
forma de considerar, prevenir y remediar las adicciones. Hoy éstas se definen
como una enfermedad crónica caracterizada por la búsqueda y el uso compulsivo
de una sustancia a pesar de saber los daños que ocasiona. Al igual que otras
enfermedades como la diabetes, la adicción se puede tratar, y aunque no se
consiga una cura definitiva, el tratamiento incrementa la calidad y la duración
de la vida.
La adicción es
una enfermedad que progresa por etapas, en la primera etapa las personas
utilizan sustancias para alcanzar la euforia que brindan, pero este consumo de
drogas se convierte muy rápido en enfermedad en quienes las utilizan en forma
crónica. El cerebro empieza a adaptarse a la sustancia y aparecen los primeros
signos de dependencia como: consumir la droga de manera regular, imposibilidad
de dejarla, gastar en droga más de lo que se tiene, extralimitarse para obtener
droga (incluso robar) y sentir que se necesita la droga para funcionar
cotidianamente.
Cuando se abusa
de las drogas se alteran algunas zonas del cerebro como el tallo cerebral, la
corteza cerebral y el sistema límbico.
Al ingresar en
el cerebro las drogas obstaculizan su sistema de comunicación e interfieren en
el proceso normal de intercambio de información neuronal. Recordemos que las
células nerviosas se comunican por medio de sustancias químicas llamadas
neurotransmisores que llevan mensajes entre ellas. Una neurona libera el
neurotransmisor, que cruza un espacio intemeuronal, conocido como sinapsis, y
se adhiere a un receptor (una proteína) en otra neurona. Neurotransmisor y
receptor embonan como una llave en una cerradura.
La estructura
química de drogas como la mariguana y la heroína es tan similar a la de un
neurotransmisor natural, que los receptores las aceptan como si fueran el
neurotransmisor. Otras drogas, como las anfetaminas y la cocaína, hacen que se
produzca una cantidad excesiva de neurotransmisores naturales o evitan que el
organismo recicle el exceso de estas sustancias. En consecuencia, el mensaje
intemeuronal se intensifica, impidiendo una comunicación adecuada.
La mayoría de
las drogas interfieren con la actividad de un neurotransmisor llamado dopamina,
que desempeña un papel fundamental en las sensaciones de placer. El cerebro
está condicionado a repetir conductas que permiten la supervivencia y las
drogas actúan produciendo una activación mucho mayor de la que ocurre en las
situaciones naturales de recompensa. El cerebro pierde la capacidad de sentir
placer por las recompensas naturales, pues se acostumbra rápidamente a las
dosis masivas de dopamina que se producen al consumir una droga, y lo hace
reduciendo su producción natural, o bien disminuyendo la cantidad de receptores
que captan la señal de este neurotransmisor. Así, cuando falta la droga el
cerebro ya no cuenta con dopamina suficiente y la persona deja de disfrutar
cosas naturalmente placenteras, lo que conduce a la apatía y a la depresión.
Cuando el cerebro comienza a adaptarse a altos niveles de dopamina, el
individuo tiene que usar más y más droga para obtener el mismo efecto. En el
individuo que ha llegado a esta etapa, la falta de droga provoca el llamado
síndrome de abstinencia, con síntomas como ansiedad, irritabilidad, náuseas,
insomnio, episodios de sudoración, temblores y psicosis, y puede llevar a la
muerte.
Se ha demostrado
que la tolerancia a las drogas puede generar cambios muy profundos en las
neuronas y en los circuitos cerebrales, con efectos que pueden ser graves.
Igualmente, el abuso de sustancias a largo plazo suele provocar
condicionamiento: ciertos factores ambientales se empiezan a asociar con la
experiencia de la droga y provocan un deseo incontrolable de consumirla.
Este
condicionamiento es tan fuerte que la adicción puede resurgir incluso tras
muchos años de abstinencia.
Como todo lo que
influye en nuestra salud física y mental, la propensión a las adicciones
proviene de varios factores biológicos y ambientales. Los factores genéticos
más o menos explican 40 o 60% del riesgo total, el resto son factores
ambientales, sociales, culturales. No existen personas sin riesgo genético
absoluto.
Para no llegar a
necesitar tratamiento se debe evitar todo lo que sabemos que es dañino y tratar
de promover y enaltecer lo que sabemos que es positivo.
También se tiene
que dejar de vender alcohol a los adolescentes, frenar la disponibilidad
de inhalables y de cigarros sueltos.
Al definir la
adicción como una enfermedad tratable. Ahora la política pública debe reunir
esta evidencia científica, compartirla con la población y convertirla en una
convicción social.
Fuente:
Verónica Guerrero Mothelet, El cerebro adicto, Revista ¿Cómo
ves?, consultado el 13/04/2016
en: http://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/177/el-cerebro-adicto
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¿Por qué has elegido ese tema?
Por qué el título me sonó interesante ya que me gusta lo
relacionado con la neurociencia.
¿De dónde partiste para empezar a escribir?
Partí del título y luego de identificar las ideas
principales para formar mi introducción.

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